Esnaola

Es indudable que Juan Pedro Esnaola tiene para la música argentina la misma significación que Esteban Echeverría para las letras. Siendo ambos amigos, como consecuencia de su inevitable encuentro en las periódicas tertulias artísticas familiares, se fueron aglutinando en su entorno otros jóvenes poetas locales, quienes adherían en su gran mayoría al nuevo movimiento gestado en Europa: el Romanticismo. Entre dichas tertulias, una era predominante, gozando de gran prestigio por el refinamiento y nivel cultural de sus integrantes: la tertulia de Manuelita Rosas. Durante la década 1830-1840, Esnaola fue el alma de dichas tertulias porteñas.

Los poetas del Río de la Plata serán los primeros -de por estas latitudes- en acoger la vertiente literaria del Romanticismo, adhiriendo con entusiasmo a los postulados de exaltación del yo y de libertad absoluta del individuo como búsqueda esencial del “ser”. Con rasgos revolucionarios, los pensadores y poetas del siglo XIX se imponen con una nueva forma -de hecho mucho más inquietante- de concebir la vida, la naturaleza y al hombre mismo, agitando con su influencia a las demás artes.

Esta reedición (año 2009 en CD) de las obras para piano de Juan Pedro Esnaola editadas en LP y Cassette en el año 1981, incluye ahora varias de sus Canciones en la voz del tenor Roberto Britos.

Si bien en principio el nuevo CD ha sido elaborado como un homenaje al notable músico que fue Esnaola, también se lo puede escuchar como una evocación de aquéllas refinadas tertulias musicales de la Gran Aldea de calles de barro, con el convencimiento de que en ella se encierran verdades y bellezas sonoras dignas de difundir, además de honrar nuestro pasado musical.

Track 1: Polca en Do (Colección Azzarini)

Track 3: “El Desamor” Texto de Esteban Echeverría


15.03.2010  Diario “Crítica” – Buenos Aires
Jaime Botana
Culturas / Edición Impresa

En busca de un autor perdido

La reivindicación de Juan Pedro Esnaola

Pionero fundamental de la música argentina, el compositor y pianista reaparece en el CD del maestro Aldo Antognazzi, que también recupera al tenor Roberto Britos. Un aporte real a la celebración del Bicentenario.

Aldo Antognazzi, Junto a su piano, acompaña la reedición de la obra de Esnaola, considerada una contrapartida musical de la de su amigo Esteban Echeverría.

Si hiciéramos una encuesta acerca de compositores argentinos clásicos, nos encontraríamos quizá con una pequeña pléyade de nombres –no siempre acertados– en la cual ciertamente no figuraría el nombre de nuestro protagonista, a pesar de ser un pionero fundamental de la música argentina. Pero si no conocemos a nuestros autores contemporáneos, menos podremos recordar a aquellos que componían en épocas lejanas. Indudablemente existe un prejuicio generalizado de que todo lo bueno en materia de música debe venir de otros lares, que nosostros carecemos de un pasado sonoro digno de recordar y, lo que es peor aun, de un presente musical que valga la pena apoyar.

Sin embargo, tenemos raíces ancestrales que a menudo han florecido tardíamente y han resultado en excelentes y sabrosos frutos. Ésta es una de ellas.

Juan Pedro Esnaola nació el 17 de agosto de 1808. Época de enormes cambios. Estaba cerca el Mayo de 1810 –cuyo Bicentenario festejamos con cierta desprolijidad– y nacían Chopin, Schumann, Verdi, Wagner, entre otros. Nuestro reivindicado de hoy pertenecía a una familia de raigambre monárquica, y la prisión y el exilio no tardaron en llegar: España primero y luego París. El joven Esnaola, de evidentes dotes musicales, fue apoyado por su familia y estudió al más alto nivel en cada escala de su largo periplo. En 1822 se decretó la amnistía y los Esnaola regresaron a su patria. La llegada de Juan Pedro es un hito en nuestra historia musical. A su dominio de la composición añadió sus brillantes dotes de pianista, y una voz formada en la mejor tradición europea. Junto a Antonio Picasarri, su maestro de siempre, fundó una academia musical que será esencial en la formación de generaciones de músicos.

Desde 1827 compone canciones y piezas para piano, obras religiosas, entre ellas misas a tres y cuatro voces, un estupendo requiem para coro y orquesta –que habían comenzado a constituirse– y un Miserere que permaneció en el repertorio y se puede oír en San Ignacio con frecuencia. De ideología federal, su Minué federal o montonero (1845) se hizo muy popular, como lo fueron también lo fueron sus himnos a Rosas.

Su distinguida agenda social lo llevaba con frecuencia a brillar en los salones artísticos de Mariquita Sánchez de Mendeville –luego de Thompson–, el salón rivadaviano por excelencia y el de Manuelita Rosas de Ezcurra, de cuyas tertulias fue alma, a quien lo unía una profunda amistad.

El derrocamiento de Rosas significó una convocatoria a participar en funciones públicas, en las cuales trabajó con su acostumbrada pasión y entrega.

Y, claro, en 1860 hace el arreglo oficial del Himno Nacional Argentino, uno de sus reclamos a la inmortalidad.

Esnaola fue reconocido en vida como “el primero de nuestros compositores, el más renombrado de los músicos argentinos”, según la nota necrológica de La gaceta musical a a raíz de su muerte el 8 de julio de 1878.

De pensamiento revolucionario, fanático de los postulados de exaltación del yo y de libertad absoluta del individuo, su visión del universo coincidió con los axiomas del romanticismo, y sus obras son ejemplos claros de la primera faz del estilo.

Elvira o La novia del Plata, (1832) paradigmático poema de su amigo Esteban Echeverría, es su contrapartida literaria. Esnaola les puso música a muchos de sus poemas, que se consideran los primeros ensayos del lied argentino, porque no son meros acompañamientos: reflejan el sentimiento íntimo de los textos.

El maestro Aldo Antognazzi, de relevante carrera nacional e internacional, da una vez más testimonio de una de sus especialidades: la música argentina, de la cual dan fe sus numerosas grabaciones –producidas por Iván Cosentino, otro héroe de la causa de la reivindicación de lo nuestro–, y su CD Canciones, valses, polcas y minués se suma al espléndido material de su última grabación, que con obras de nuestro contemporáneo Luis Mucillo se ha convertido en punto de referencia mundial de la excelencia de nuestro nivel de creación.

Otra de sus causas es la música para la juventud: ha grabado los álbumes de Schumann, Tchaikowski o Gaito. Y, por supuesto, su grabación de la obra completa de Muzio Clementi, única en el mundo, que ha llevado a su tardía y muy merecida revalorización.

La selección de polcas, minués, cuadrillas y valses del CD da una idea cabal de la obra para piano de Esnaola. No tiene sentido comparar su música con la de sus ilustres contemporáneos europeos: nuestro autor no es Schumann, pero el CD da testimonio de un compositor inspirado, fino, cortés y elegante, y provee un eslabón perdido que une nuestra música a la de la gran tradición europea. Antognazzi las interpreta con autoridad, encanto y evidente cariño. Un merecido homenaje y una indispensable reivindicación.

Completa el CD la feliz recuperación del tenor Roberto Britos, uno de nuestros cantantes sobresalientes. Su participación nos muestra el maravilloso aporte de Esnaola a la canción de cámara argentina, y lo hace con un prodigioso dominio de un estilo prácticamente ignorado.
Un aporte real y oportunísimo al Bicentenario, que merece un lugar de honor en vuestros anaqueles.


Casette con Libro

Contiene una interesante recopilación de danzas para piano –2 polcas, 3 minués, 1 cuadrilla y 8 valses-, que permiten conocer la música de los “salones porteños” de mediados del siglo XIX. Grabado en 1979, se editó en 1981 en los formatos de disco vinílico y cassette. Reeditado en el año 2009 en formato de CD, incluyendo además 13 Canciones de Esnaola, cuyos textos, de gran contenido romántico, pertenecen a diversos poetas americanos. El registro pertenece al tenor Roberto Britos y Aldo Antognazzi en piano.

 

 

 

 

 


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